La «oscura trastienda» de la edición, en primer plano
Algunos apuntes sobre ‘Personaje secundario’, las memorias del editor Enrique Murillo publicadas por Trama editorial
Personaje secundario, el libro de memorias del editor Enrique Murillo publicado hace unos meses en Madrid por Trama editorial, empieza con una anécdota que retrata el carácter contradictorio, caprichoso, imprevisible del mundo editorial. Corría el año 1969 y Murillo, quien por entonces tenía veinticinco años, trabajaba escribiendo informes de lectura para Seix Barral. Carlos Barral, mítico editor de ese sello, lo convocó a su oficina para hablar de uno de esos informes, que desaconsejaba la publicación de la novela de un tal García de Acá.
«Enrique, estoy completamente de acuerdo con tu opinión –dijo Barral–. García de Acá no es muy buen novelista. Y esta es su peor novela. Es tan mala como dices». De inmediato agregó: «Pero voy a publicarla». A Murillo lo ganó el desconcierto, pues lo que escuchaba parecía no tener sentido. «Es un compañero de viaje», explicó Barral.
Esa suerte de extraño silogismo y la sorpresa que en Murillo generó cifran de algún modo «la oscura trastienda de la edición», que es el subtítulo de la obra y lo que se desgrana a lo largo de sus ágiles 540 páginas. No todos los manuscritos que se convierten en libros son necesariamente buenos; ni siquiera es indispensable la suposición de que van a venderse bien. La industria editorial está llena de entresijos a menudo curiosos, cuando no inverosímiles, que mucha gente ni siquiera sospecha.
Enrique Murillo repasa su vida y al hacerlo recorre, como si fuese un Forrest Gump ibérico y libresco, las últimas seis décadas del mundo editorial español (que en buena medida equivale al mundo editorial en español), pues en ese lapso trabajó para Anagrama, Plaza & Janés (punto de partida en nuestro idioma de lo que hoy es el grupo Penguin Random House), Planeta y Alfaguara, y fundó luego su propia editorial: Los libros del lince. Un «personaje secundario» que atravesó el mundo de la edición –en ocasiones un hogar amable, muchas veces una selva hostil– y vive para contarlo.
Personaje secundario ya agotó dos ediciones y, mientras escribo estas líneas, la tercera está llegando a las librerías españolas (no a las argentinas, por desgracia, al menos por ahora). Surge la pregunta: ¿por qué interesan a tantas personas las memorias de un editor desconocido para el gran público? ¿Por qué se vende tanto un ladrillo sobre la industria editorial, publicado por una editorial pequeña, de nicho, en una colección que se llama «Tipos móviles» y se especializa en libros sobre libros (y de la que forma parte, por cierto, perdonen la inmodestia de que lo mencione, mi Contra la arrogancia de los que leen)?
Supongo que uno de los motivos principales se menciona en el subtítulo, eso de la «oscura trastienda» de la edición. La idea de que «los poderosos nos ocultan cosas» es atractiva: incontables teorías de la conspiración se sostienen en ella; en el caso de la industria editorial, no obstante, es verdad. Circulan como ciertas muchas fantasías sobre los libros y la literatura; quienes estamos en el mundillo y sabemos de su real funcionamiento quizá debiéramos ser más enfáticos al hablar del tema, y por eso se celebra que alguien como Murillo, que estuvo ahí, jugando en las grandes ligas, lo cuente con nombre y apellido.
En ese sentido, uno de los asuntos más notorios –y más destacados en las reseñas y otros artículos sobre Personaje secundario– es el de los concurso literarios. Para decirlo con claridad: la mayor parte de los concursos, sobre todo los más importantes, están arreglados o, como dicen en España, amañados. Cuanto más dinero entregan, más grande la trampa: los certámenes más conocidos organizados por editoriales, como los premios Planeta o Alfaguara, no son más que inmensas operaciones de marketing.
En 1983, cuando Anagrama convocó la primera edición del Premio Herralde de Novela, Murillo trabajaba para esa editorial (lo conocían como «la mano derecha de Jorge Herralde»… y terminó siendo su némesis). Una parte de sus tareas consistía en leer los manuscritos que llegaban para el concurso; se acercaba la fecha de cierre y no aparecía ninguna novela buena. Hasta que un día leyó «algo que era muy diferente, incluso raro, y muy digno al mismo tiempo».
Avisé a Herralde, que me llamó a su despacho, a donde me dirigí manuscrito en mano. Comenté muy emocionado que, de repente, había aparecido por fin un escritor entre los concursantes. El editor sacó la plica [el sobre cerrado que guarda los datos reales del autor], que seguía metida entre dos hojas del manuscrito. Rasgó el sobre (mientras yo pensaba: Anda, ¿y eso no está prohibido por las bases a no ser que el manuscrito haya ganado el premio de marras?) y lo abrió para averiguar el nombre de alguien que se ocultaba tras un pseudónimo. [p. 161]
De ese gesto en adelante, casi todos los concursos se enturbian. Recuerdo haber leído, de hecho, una entrevista en la que el propio Herralde contaba muy suelto de cuerpo que él mismo le había «recomendado» a Roberto Bolaño, tras leer Los detectives salvajes, que presentara esa novela al certamen. Hace rato que las editoriales más grandes perdieron toda vergüenza y empezaron a premiar a sus propios autores (es decir, escritores con los que ya tenían un acuerdo comercial previo) o –peor todavía– a presentadores de televisión o «creadores de contenido» en internet cuyas obras adolecen de nula calidad literaria pero se supone que se venderán bien.
Murillo (quien también trabajó como traductor y periodista y publicó como autor tres novelas y un libro de relatos) describe el hábito de tantas editoriales de quedarse con dinero de los autores, aprovechando que estos no tienen forma de saber con exactitud cuánto venden sus libros. Cuenta el caso de una reunión en una gran empresa editorial (no dice cuál) en la que, tras mencionarse a «un cierto autor internacional y literario de mucho renombre», el título de uno de sus libros y una cantidad de dinero, un editor ordenó: «Déjalo en la mitad, XXX [sic] vive muy bien en Londres. No lo necesita».
El lector coincidirá conmigo en que tratar de resarcirse de [los] problemas financieros quedándose con parte de lo que les correspondía a los autores no termina de ser muy honesto. No lo es, pero fue históricamente una práctica bastante generalizada. [p. 77]
Asegura Murillo, por otra parte, que «la edición ha cambiado mucho en estos tiempos, y la principal innovación no es el libro electrónico sino la tremenda concentración empresarial que ahora domina el mercado». De hecho, los dos grupos mayoritarios –Planeta y Penguin Random House– representan la mitad de la venta total de libros en España; en América Latina también tienen una presencia muy fuerte, aunque algo menor. Sin embargo, aún peor que esa concentración es la lógica ultracapitalista que rige la actuación de esos grandes grupos hoy por hoy, cuyos responsables ya no son editores sino gerentes cuyo único objetivo es el balance de resultados.
La norma que aplican los más grandes actores consiste en inundar el mercado de ejemplares que al cabo de uno, de dos o de tres meses regresarán al almacén para no salir jamás de allí, con todo el coste que eso supone en papel, imprenta, encuadernación, combustibles fósiles de camiones y furgonetas de reparto llevando y trayendo cajas de libros que a veces los libreros ni siquiera abren porque no los han pedido.
Una extraordinaria y carísima pérdida de recursos de todo tipo. Una irracionalidad propia de ciertas burbujas económicas cuyo final es siempre un caos y una destrucción masiva… [p. 300]
Vuelvo a plantear(me), entonces, la pregunta: en ese mercado saturadísimo, que sólo en España produce en un mes más libros de los que una persona puede leer en toda su vida, ¿cómo hace un libraco como Personaje secundario ya no sólo para sobrevivir, sino para además agotar dos ediciones e ir por la tercera? Por mostrar «la oscura trastienda de la edición», sí, pero también por las recomendaciones boca a boca –que suelen ser mucho más importantes que las buenas críticas publicadas en los medios–, por el trabajo siempre tan comprometido como afectuoso de Manuel Ortuño, el editor de Trama («Todos los editores se equivocan, apenas aciertan una de cada diez veces», dice Murillo citando a Guillermo Schavelzon: he aquí un gran acierto de Ortuño, y lo digo desde mi lugar entre los otros nueve…) y sin dudas también por algo más, algo intangible, que no se puede definir con exactitud pero que con frecuencia termina de inclinar la balanza para que a un libro le vaya bien o le vaya mal. Siempre es de agradecer que un libro tan ameno y a la vez tan revelador como este llegue a muchos lectores. Ojalá siga haciendo su camino. En ocasiones vale mucho más lo que tienen para decir los personajes secundarios que los protagonistas. ♦





Cuántas confirmaciones a cuántas sospechas 😵 Gracias por tenernos al tanto de un libro que valdrá la pena leer.